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La figura del poeta Juan Valencia probablemente sea una de las que menos atención crítica ha despertado entre aquellos que clasificamos por edad y fecha de publicación en el denominado Grupo del 50. En su Diccionario Bibliográfico de la poesía española del siglo XX (Sevilla, Renacimiento, 2003, pág. 303) Ángel Pariente menciona su nacimiento en Jerez de la Frontera en 1928, cita sólo tres de sus libros (Relox de primavera, 1947; Elegías terrestres, 1974; Bajo la luz interminable, 1986) y una sola referencia bibliográfica: el artículo en que Pablo García Baena testimonió su encuentro con él en la Córdoba de 1947 (“La noche pasajera”, en Los libros, los poetas, las celebraciones, el olvido, Madrid, Huerga y Fierro, 1995, págs. 161-164). Pero ni siquiera se consigna su fallecimiento, ocurrido en Málaga en 1990.

            El poeta de Cántico había publicado ya ese artículo con el título “Elegía terrestre” en ABC (5 agosto 1990, pág. 47) y antes en el monográfico que el suplemento cultural del malagueño diario Sur (30 junio 1990) dedicó al jerezano a su muerte; en el que también colaboraron con textos elegíacos Francisco Ruiz Noguera, Juan Manuel Cabezas, Antonio Soler y Juan Campos Reina. Antes sólo hemos documentado las reseñas que hicieron Antonio Romero Márquez (“30 nuevos poemas, de Juan Valencia”, Sur, Cultural, 6 septiembre 1986) y Héctor Márquez (“Juan Valencia, el oficio de un poeta atrapado por la luminosidad de Málaga”, Diario 16, 2 febrero 1990) al aparecer sus libros 30 nuevos poemas y La senda sin retorno. Desde entonces sólo Francisco Ruiz Noguera (“Diez miradas sobre Juan Valencia”, Campo de Agramante, 3, 2003, págs. 61-69) y Antonio Gómez Yebra (“Introducción” a edición de Juan Valencia, Cinco libros inéditos, Diputación de Málaga, 2013, págs. 11-31) se han aproximado a la trayectoria de un poeta que, aunque sólo fuera por los volúmenes citados, escribió una obra merecedora de mucha mayor atención crítica.

            Hijo de un comerciante en vinos, Juan Valencia dio sus primeros pasos poéticos en el Jerez de los años cuarenta junto a José Manuel Caballero Bonald, su primo Rafael Caballero y otros jóvenes letraheridos, como Vicente Fernández Bobadilla y Antonio Milla, que formaban un “frente iconoclasta” y desvergonzado, propicios a la provocación de sus biempensantes paisanos, según cuenta en sus memorias Caballero Bonald, aunque no desdeñaran la búsqueda de flores naturales en certámenes poéticos provincianos, siempre tentadora opción en una sociedad de penurias como aquella.

            En 1947 la generosidad del padre hizo posible la publicación de su primer libro en la imprenta Gráficas del Sur de Sevilla, al cuidado del chileno Fernando Bruner Prieto, experto en bibliofilia de lujo, que dotó a la edición desde el título, Relox de primavera, al colofón, fechado el 26 de octubre, de una estética arcaizante concorde con la nostalgia imperial del régimen franquista, pero muy disonante con la que debía tener la ópera prima de un joven poeta que pretendía presentarse como una voz renovadora en el panorama poético del momento. Gestionó Bruner también una introducción de José María Pemán ¾padrino indiscutible de la poesía gaditana¾ , que bajo el título “Exordio” presenta al poeta novel como “voz típica y expresiva de la última y novísima generación: de la que alguien llamó “la generación de los hermanos menores”. Los hermanos mayores formaron la generación de la guerra [...] voz limpia y auténtica de una generación con hambre de autenticidad y de metafísica” (págs. 10-14). En la distinción entre poetas que buscan la Belleza y poetas que buscan la Verdad, según Pemán, Valencia estaría entre estos, siguiendo la trayectoria de Rosales, Panero y Vivanco, en línea con José María Valverde en la clave de solución a la angustia religiosa, mediante una poesía entendida como “una forma superior de conocimiento”  (pág. 12).

            En realidad, como casi toda primera obra, el libro es un conjunto heterogéneo de poemas seleccionado por Valencia con ayuda de Caballero Bonald entre los que había escrito hasta entonces, ordenados según su forma estrófica: sonetos, canciones, romances y otras rimas, según costumbre propia de la edición en el siglo de oro. Hallamos sonetos religiosos de corte clásico, que reflejan arrepentimiento por un periodo de descreimiento anterior y una vuelta a la fe cristiana; sonetos amorosos (lamento del sufrimiento del amor, tópicos del amante dolorido, juegos de contrarios, etc.); uno elegiaco “A un poeta muerto”; varios circunstanciales (“A Córdoba”, “A los cipreses de la Cartuja”, “¡Oh Cartuja!”, a Cervantes y el Quijote ¾en 1947 se celebraba el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes¾, a Garcilaso). Hay canciones de corte tradicional, villancicos, de romería, nanas, albadas, etc., en octosílabos y rima en pares, tanto asonante como consonante, con influencia del neo-popularismo de Rafael Alberti. La tercera sección, “Soledad con Dios”, contiene cuartetos no siempre rimados donde se busca un significado a la vida en Dios por medio de la oración poética. Los romances (Al Cristo de la Expiración o de los Gitanos, “Llamarada de San Telmo”; “Romance de madrugada”) tienen ambientación lorquiana y funeral. Otros poemas ofrecen una temática triste o luctuosa de clara impronta tardoromántica o modernista (“Antiguo abril”, “Elegía al amigo muerto”, “Muerto”, “El enfermo”; “Tu rosa”, “Rubeniana”, homenaje a Darío, etc.).

            Aunque Pemán quisiera encontrar acentos muy novedosos en los poemas de Relox de primavera, la realidad es que Juan Valencia se inserta en una línea de poesía religiosa que seguía ¾otra cosa sería impensable bajo el nacionalcatolicismo¾ una ortodoxia lírica bien conocida ya en José Antonio Muñoz Rojas, referente que señala Caballero Bonald en la reseña que publicó sobre el libro en el diario local. Pero en estos poemas se manifiesta ya una angustia existencial auténtica que no hallará consuelo ni respuesta en un Ser Superior y reaparecerá sin falta en el resto de sus libros, constituyéndose en nota distintiva de su poesía.

            A partir de la aparición de Relox de primavera, y tras su encuentro con Pablo García Baena paseando por Córdoba, origen de su amistad, Juan Valencia colabora en Cántico y otras revistas de la geografía lírica, aunque pronto se apartará del ambiente poético y no publicará ningún nuevo libro hasta más de un cuarto de siglo después.

            Entre 1948 y 1953 estudió Filología en las Universidades de Salamanca, Valladolid y Sevilla, donde conoció a Margarita Fórmica, hermana de la escritora Mercedes Fórmica, mujer casada algo mayor que él con quien inició una relación que duraría toda la vida. A mediados de la década de los cincuenta se instalaron en Málaga, donde él se dedicó tres años a la enseñanza en el colegio de los agustinos. Sus frecuentes depresiones le obligaron a abandonar la docencia y el matrimonio se mudó al cercano municipio de Pizarra, en el feraz Valle del Guadalhorce, donde compró una finca gracias a un premio de la lotería y se dedicó a la agricultura, emulando el ideal horaciano. En esos años conoce a los poetas del grupo malagueño Caracola: José Luis Estrada Segalerva, Bernabé Fernández-Canivell, Alfonso Canales, Vicente Núñez, Rafael León, María Victoria Atencia, que le acogen con afecto y alientan su vínculo con la creación poética, de la que se hallaba alejado.

            En 1959 León y Atencia le publican en su colección no venal Cuadernos de poesía el pliego La noche gira hacia su fin, con un dibujo de Enrique Brickman, en la histórica Imprenta Dardo. La escritura poética ha madurado mucho en esos doce años de silencio editorial. Se trata de un poema en cuatro partes que canta al amanecer de un nuevo día, el triunfo de la luz sobre las sombras, la plenitud de la Naturaleza y la sobrecogedora contemplación del cielo. Pero en él aparece también la angustia existencial que ya no abandonará nunca al poeta. Cinco años después en noviembre de 1964 publica en Cuadernos Hispanoamericanos el poema Mas, entre las ruinas del cielo, donde se interroga sin cesar por el sentido de una existencia sometida al azar, excluida cualquier concepción religiosa. Esos dos poemas se integrarán mucho más tarde en Elegías terrestres (1973), publicado en la prestigiosa colección Adonáis, junto a otros cuatro, compuestos todos en la estrofa silva libre impar, que le permite una gran versatilidad. Las nuevas elegías mantienen la interrogación retórica como método de indagación y un tono de exaltación de la vivencia cósmica: el existencialismo se resuelve en un panteísmo primordial. Desaparecidos los dioses y la vida en comunión con la Naturaleza de la Edad de Oro, el hombre ha sido arrastrado al vacío existencial que simbolizan las sombras de la noche. El despertar del día y la llegada de la primavera vuelve a llenar al hombre de sentido y le conduce a la plenitud del mediodía y el verano exultante.

            Se trata, como se ve, de una obra de gran originalidad en el panorama de la poesía española de esos años. Ni los problemas colectivos, ni las denuncias sociales o las reivindicaciones cívicas, ni luego las estrategias culturalistas propias de esas décadas aparecen entre sus preocupaciones poéticas. Solo la decisiva obsesión por el sentido de la vida y las razones últimas de la existencia humana afloran a sus poemas. Las dolencias físicas y psicológicas que sufría Juan Valencia le obligaron a abandonar pronto la empresa agrícola y el matrimonio hubo de volver a la ciudad. Otro premio de la lotería le permitió comprar un piso en las llamada Casas de Cantó, en La Malagueta, junto al mar, donde llevará una vida tranquila, contemplativa y reflexiva, en un escenario dominado por el litoral, los montes y el sol, entre los que pasea generalmente en soledad. Luego la ayuda dosificada de su cuñada Mercedes les permitió llevar una vida muy discreta sin trabajar más. Allí serán sus vecinos primero Dámaso Alonso, luego Jorge Guillén, siempre Rafael Pérez Estrada. Pero permanecerá voluntariamente alejado de grupos, modas y tácticas poéticas. La poesía fue para él mucho más que vida literaria: una forma de comprender la finalidad del ser.

            En los años siguientes irían apareciendo con cierta regularidad nuevos libros suyos, aunque siempre en colecciones de problemática distribución, razón por la que obtuvo una recepción crítica muy inferior a la que merecían. En 1977 Ángel Caffarena le publica Sonetos estelares, escritos en 1962, correlato nocturno de la poética de lo diurno que dominaba sus Elegías terrestres. Estos sonetos manifiestan “un tono existencial y meditativo: una concepción de la vida como nada, lo que lleva a ver la muerte como liberación” (Ruiz Noguera, 2003: 66). Este ciclo de la Naturaleza continúa en los poemas de Canto de sazón (1984), escritos entre 1975 y 1978, donde el sentido de la vida parece finalmente comprendido en la fusión del hombre con su entorno, manifiesta en una expresión pletórica de panteísmo.

            Esa plenitud diurna de la existencia en comunión con las cosas (en la que resuenan ecos del primer Cántico de Guillén) se prolonga en los poemas escritos entre 1981 y 1984, incluidos en los libros 30 nuevos poemas y Bajo la luz interminable, ambos de 1986. No obstante, las últimas entregas publicadas en vida, 5 poemas inéditos (1988) y La senda sin retorno (1989), que reúne textos escritos en 1985, suponen un giro radical a su poesía, a buen seguro correspondiente a la realidad de su vida, dominada por la soledad y el desengaño, amenazada ya seriamente por la enfermedad. Sus poemas adquieren un tono sombrío y desolado, donde habita la premonición de un final no lejano, que no será  más que el anonadamiento: “dulce el morir y aún más dulce / y acogedora te parece / la Nada que final nos espera [...] Mas en verdad, la Nada / sólo hoy puede servirte de consuelo. / cuando en supervivencia ya no crees / ni menos aún deseas” (“Ahora que en el seno”).

            Ese desesperanzado final se produjo en la primavera de 1990. Días después de una caída sin demasiada importancia sufrió una parada cardiaca irreversible. Dejaba el poeta seis libros inéditos, de los cuales cinco  tardarían casi un cuarto de siglo en ver la luz: Versos de un solitario (1986-87), Cantos a la noche (1987), Palabra en el tiempo (1988), Poemas finales (1989-90) y Júbilos (1990), editados en 2013 por Antonio Gómez Yebra. El sexto, Nuevos sonetos, fechado en 1988 se compone de veintisiete textos distribuidos en tres secciones. Permanece aún inédito. Esta abundancia demuestra que en la década de los 80 su voluntario retiro personal, sólo esporádicamente roto por el afecto de jóvenes escritores malagueños (Antonio Soler, Juan Manuel Villalba, Juan Manuel Cabezas, Francisco Ruiz Noguera) se había traducido en una fructífera creación.

            En estos libros finales ¾todos ellos dedicados a Margarita¾, en los que Gómez Yebra distingue ecos de Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Pedro Salinas, Hölderlin, Rilke y sobre todo Jorge Guillén, se repiten los temas nucleares de su obra y la oscilación emocional propia de su dolencia nerviosa crónica. Tal vez a ello se deba el tono celebratorio que en Júbilos cierra su obra en 1990. Buena muestra es el poema “Abres los párpados” , homenaje declarado a Jorge Guillén: “Abres los párpados / como dormidos pétalos / y ya negar no puedes / la luz, la maravilla / que te circunda [...] Que si firme, sereno, / a las de hoy te añades, / a su correr te unes, / cada minuto tuyo / hallarás plenamente / realizado, exaltado.”. Pareciera que en sus meses finales hubiese alcanzado la serenidad interior que toda su vida había perseguido a través de la poesía, de ese canto que era “lo único ya por lo que vivo, / lo que aún me sustenta, / lo que cobija mis pesares, abriga el desaliento, / aunque un día para siempre / calle en la tierra en flor” (“Canto mío, mi centro”).

            La poesía de Juan Valencia es heredera de la mejor tradición clásica española, la de dicción nítida y profundo significado, la que responde a necesidades expresivas de un espíritu inconformista, acuciado por la angustia existencial, que busca el sentido último de la vida. Es fruto de una escritura intensa y auténtica, que trasciende las tendencias estéticas y las banderías características en la poesía española de esos años. Merece una atención que hasta ahora le ha sido escatimada, porque su ignorancia de las modas es la mejor garantía de su perdurabilidad.

Bibliografía de Juan Valencia

(1947). Relox de primavera. Exordio de José Mª Pemán. Sevilla: Imprenta de Joaquín          Sáenz.

(1959).  La noche gira hacia su fin. Dibujo de Enrique Brickman. Málaga: Imprenta            Dardo, Cuadernos de poesía (Mª Victoria Atencia y Rafael León), 7 p.

(1964).  Mas, entre las ruinas del cielo. Separata de Cuadernos Hispanoamericanos 179,   4 p.

(1974). Elegías terrestres. Madrid: Rialp, Col. Adonáis, 308.

(1977). Sonetos estelares. Ed. de Ángel Caffarena. Málaga: Librería Anticuaria El    Guadalhorce, 51 p.

(1980). Destino completo. Málaga: Dardo, Torre de las palomas, 6. (Pliego)

(1984). Canto de sazón, Jerez, Diputación provincial de Cádiz, Colección Arenal, 9.

(1986).  Bajo la luz interminable, Málaga, CEDMA, Col. Puerta del Mar 27.

(1986).  30 nuevos poemas: Córdoba: Ayuntamiento.

(1988).  5 poemas inéditos. Ed. de Ángel Caffarena. Málaga: Librería Anticuaria El Guadalhorce, 12 p.

(1989). La senda sin retorno. Madrid: Endymión.

(1990). 7 poemas. Homenaje póstumo a Juan Valencia. Málaga: Ateneo, 16 p.

(1996).  Cinco poemas. Nota de Antonio Soler. El Laberinto de Zinc 1 (Málaga): 5-8.

(2013). Cinco libros inéditos. Introducción de Antonio García Yebra. Málaga: Diputación. Col. Puerta del Mar, 126. Contiene los poemarios Versos de un solitario (1986-87), Cantos a la noche (1987), Palabra en el tiempo (1988), Poemas finales (1989-90) y Júbilos (1990).

Bibliografía sobre Juan Valencia

Bujalance, Pablo (2013). “Genio y figura de Juan Valencia”, Málaga Hoy, 14 noviembre.

Caballero Bonald, José Manuel (1948). “Pulso del “Relox de primavera”, de Juan Valencia”, Ayer, Jerez de la Frontera, 7 febrero.

_____ (1995). Tiempo de guerras perdidas. Barcelona: Anagrama. 109-121.

Cabezas, Juan Manuel (1990).  “Fragmentos de un diario”, Sur Cultural, 252, 30 junio: II.

Campos Reina, Juan (1990).  “Más allá del recuerdo”,  Sur Cultural, 252, 30 junio: III.

García Baena, Pablo (1990). “Elegía terrestre”, ABC, 5 agosto: 47. Incluido como “La noche pasajera” en Los libros, los poetas, las celebraciones, el olvido. Madrid: Huerga y Fierro. 61-164.

Gómez Yebra, Antonio (2013).  “Introducción” a Juan Valencia, Cinco libros inéditos. Málaga: Diputación. 11-31.

Márquez, Héctor (1990). “Juan Valencia, el oficio de un poeta atrapado por la luminosidad de Málaga”, Diario 16, 2 febrero.

Romero Márquez, Antonio (1986). “30 nuevos poemas de Juan Valencia”, Sur Cultural, 6 septiembre.

Ruiz Noguera, Francisco (1990). “Jun Valencia”, Sur Cultural, 252, 30 junio: II.

_____ (2003). “Diez miradas sobre Juan Valencia”, Campo de Agramante 3: 61-69.

Soler, Antonio (1990). “La hora de Juan”, Sur Cultural, 252, 30 junio: III.

Información adicional

  • Universidad UNED
  • Investigador Julio Fco. Neira Jiménez

Rafael Ballesteros nació el 7 de octubre de 1938 en la calle Hinestrosa de Málaga, año y medio después de que la ciudad hubiera caído en poder de las tropas sublevadas contra la República en julio de 1936. Era el menor de cuatro hermanos en una familia de clase media y larga tradición pedagógica: su abuelo, sus tíos y su padre fueron maestros, aunque este, Francisco, trabajaba como funcionario en el Servicio del Catastro de Málaga. Rafael cursó Educación Primaria y Bachillerato en el cercano Colegio de San Agustín entre 1942 y 1955. El año siguiente hizo el primer curso de la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Granada como alumno libre, y a mediados del curso siguiente, en 1957, continuó como alumno oficial. Obtuvo la licenciatura en el curso 1960-1961.

            En 1965 viajó a Estados Unidos pues consiguió un puesto de profesor visitante de Literatura Española en la Universidad de Iowa, donde publicó sus primeros poemas. El curso 1966-1967 se trasladó a la Universidad de Bowling Green (Ohio). Allí le ofrecieron continuar los siguientes con un contrato estable. Sin embargo, decidió volver a España para no desarraigarse, implicado como se sentía en la necesidad de oponerse activamente a la dictadura de Franco y en la lucha por la libertad y la democracia.

            Durante el curso 1967-68 preparó oposiciones a catedra de Instituto, que aprobó en el verano de 1968. Obtuvo su primer destino en el Instituto Vicens Vives de Gerona, donde enseñó dos cursos; el de 1971-1972 lo pasó en el Instituto Sierra Bermeja de Málaga; y entre 1972 y 1975 ejerció en el Eugenio D’Ors de Badalona. Al inicio de ese periodo, en 1972 canaliza sus convicciones políticas y se afilia en Barcelona al clandestino Partido Socialista Obrero Español, que le encomienda el puesto de secretario de Organización de su federación catalana. El activismo político y la militancia era aún duramente perseguida en esos años del llamado tardofranquismo. Fue detenido en Barcelona como responsable del aparato de propaganda, y encarcelado en la Modelo unas semanas en diciembre de 1974, experiencia a la que se refiere su primera novela La imparcialidad del viento. Salió a finales de año en libertad provisional en espera de juicio, pero la muerte del dictador y la Ley de Amnistía de octubre de 1977 hicieron que nunca se celebrase.

            En 1976 obtuvo traslado al Instituto Cánovas del Castillo y se instaló definitivamente en Málaga, donde sería presidente y secretario general de la Ejecutiva Provincial del PSOE en diversos períodos. Fue responsable del Frente Cultural y miembro de la Ejecutiva Federal entre 1976 y 1979. Ha sido diputado por Málaga en el Parlamento desde la Legislatura Constituyente, 1977, hasta 1996, año del final del gobierno de Felipe González. Entre 1982 y 1996 fue presidente de la Comisión de Educación y Cultura del Congreso.

            Durante todo ese periodo de transición y consolidación de la democracia en España, y pese a la intensidad de su dedicación a la actividad política, Rafael Ballesteros no dejó de escribir una densa obra literaria, ni por supuesto después de su jubilación. En 2013 creó junto a Juan Ceyles, Francisco Martín Arán y Francisco Javier TorresEl Toro Celeste, proyecto cultural que incluye una editorial que viene publicando una revista electrónica de creación y crítica y varias colecciones de libros (www.eltoroceleste.com), así como la organización de actividades, presentaciones de libros, mesas redondas, conferencias, etc. Desde 2014 solo el poeta y pintor Juan Ceyles acompaña a Ballesteros en la gestión de El Toro Celeste.

Trayectoria poética.

            Considerada desde la perspectiva global del medio siglo transcurrido, más que por su segmentación en etapas o épocas diferenciadas, la trayectoria poética de Rafael Ballesteros debe caracterizarse como una continuidad en la que, con las lógicas variaciones y modulaciones internas, no siempre en progresión lineal, sino con retrocesos o atenuaciones de la dificultad del lenguaje poético, una misma voluntad creadora y un coherente universo temático guía su escritura según parámetros a los que es fiel desde de sus primeras tentativas: explicarse a sí mismo, indagando en la propia identidad, y las peripecias de la vida humana, siempre en tránsito, en permanente dialogo consigo y con los demás, desde una irrenunciable voluntad de estilo y una lengua poética propia, bajo la concepción de la poesía como un asunto no limitado a la esfera del conocimiento, del sentimiento o de las vivencias, sino intrínseco al ámbito de la experiencia del lenguaje.

            Tras la breve plaquette Desde dentro y desde fuera, publicada en 1966 durante su estancia docente en la Universidad de Iowa, Ballesteros se da a conocer en España en 1967 con el cuadernito Esta mano que alargo, incluido en la serie antológica Doce jóvenes poetas españoles editada por José Batlló y Amelia Romero en El Bardo. Este proyecto, como otros similares de esos años, pretendía acreditar el cambio producido en la poesía española a lo largo de esa década, con el agotamiento de la llamada poesía social y la eclosión de una nueva promoción poética mucho más proclive a la experimentación del lenguaje que a la reiteración de la denuncia de la dictadura franquista. En el caso de Ballesteros, sin embargo, seguía siendo evidente el peso de las circunstancias políticas y sociales de la España de la época, la voluntad testimonial de sus versos y la llamada a la solidaridad como camino en la lucha por la libertad. Esta mano que alargo consta de catorce sonetos sin rima en los que se aprecian ya algunos rasgos que serán constantes a lo largo de toda su obra, pese a lo mucho que esta evolucionaría: la gravitación consciente de la tradición literaria, aquí son apreciables las huellas de César Vallejo, Pablo Neruda, Miguel Hernández y Blas de Otero; el carácter discursivo y su expresión dialógica en el texto; y la creación de un léxico propio (“digestamos” por digerimos, por ejemplo) que busca transgredir el uso estándar de la lengua para lograr una significación poética intensificada.

            En alguna medida los sonetos de esas dos series iniciales pasaron a su primer libro, Las contracifras (1969), pero en el conjunto apreciamos diferencias sustanciales, empezando por una intencionalidad lúdica inédita que añade a las referencias literarias citadas, y a otras clásicas, la del vanguardismo postista y la figura de Gabino-Alejandro Carriedo, poeta por el que Ballesteros siempre confesó predilección. Las contracifras se sumaba a la corriente de subversión de los cánones poéticos tradicionales, patentes en esos años por ejemplo en la poesía experimental, concreta o visual, con la transgresión de las normas que rigen la estrofa más clásica de la tradición literaria, el soneto.

            Ballesteros altera conscientemente las pautas métricas establecidas, con versos de doce y trece sílabas; amplia el número clásico de catorce con estrambotes de pie quebrado de arte menor, y rompe los esquemas de la rima, bien eliminándola, bien usando rimas asonantes, rimando la misma palabra, usando rimas de cabo roto, o colocando en posición final pronombres, demostrativos o adverbios, etc. Además, se pueden rastrear también ejemplos de profunda perturbación de la lengua estándar propiciados por una intencionalidad irónica evidente, como estructuras morfosintácticas anómalas, juegos sintáctico-semánticos y conceptuales antitéticos que serán potenciados en sus libros siguientes. Con todo ello consigue Ballesteros el extrañamiento del lector, la sacudida que le permita incorporarse al ámbito del texto despojado de las rutinarias pautas de lectura.

            Su siguiente libro, Turpa (1972) es un salto cualitativo y cuantitativo en el camino de la diferenciación transgresora y la originalidad del universo creador de Rafael Ballesteros. Se trata de un extenso poema-libro, secuenciado formal y temáticamente en cuatro partes de progresión lineal, que relata el ataque de un personaje monstruoso con rasgos de pájaro a un yo narrador que asiste indefenso e inerme a su destrucción. El libro se enmarca en el contexto poético de su tiempo en que convivían diversas tendencias renovadoras, desde el culturalismo más o menos esteticista a la poesía visual, alineado en la herencia del surrealismo postista, pero sustituyendo su componente lúdico por la expresión desgarrada del trágico conflicto de la conciencia de la propia identidad en un mundo huérfano de asideros inmutables. El lector asiste crecientemente desasosegado a una historia de desarrollo narrativo racional pero que trasciende la racionalidad de la experiencia y penetra en un mundo de terror gratuito e inexplicable, cuya autenticidad es paradójicamente avalada por el autobiografismo del sujeto poético que acaba siendo destruido, lo que evidencia el carácter alegórico del libro; y lo hace a través de un lenguaje que potencia el extrañamiento mediante los mecanismos perturbadores del lenguaje estándar, ya apuntados respecto a Las contracifras.

            En 1983, tras diez años de silencio editorial, aparece Jacinto. Primera versión de la primera parte, a la que seguirían después, una segunda, tercera y cuartas partes entre 1997, 1998 y 2002. Jacinto supone, según la crítica, la máxima expresión de la personalidad poética de Rafael Ballesteros y la cima de su proceso de opacidad expresiva, y por tanto de su capacidad de transgresión lingüística. Se le suele denominar “autosacramental laico”, pues se sirve de esquemas formales propios del auto sacro barroco, aunque nada más alejado que esta obra de la ideología que daba origen a ese producto de la Contrarreforma. La suya es una moral laica, propia de un humanismo solidario pero materialista y exclusivamente terreno, y una ética cívica que no concede ninguna opción a creencias sobrenaturales, que no participa de la fe en una existencia ultraterrena. Una ideología en la que la divinidad no tiene cabida.

            La acción argumental de Jacinto remite enseguida al modelo del auto sacramental. Un joven, Jacinto, muere y en el “atrio inmenso” —identificación intencionada que se sitúa entre “cielo” e iglesia— espera su sentencia. Lo van a juzgar cuatro Sanedrines que le harán cuatro preguntas fundamentales, uno en cada parte: Don Rodrigo, Omar Khayyan, Rosa Luxemburgo y Fernando de Rojas. Ellos, en función de las contestaciones del joven darán su veredicto. Y El Mentor —Dios— dará la sentencia definitiva. Como añadidos laterales y paralelos a las preguntas y respuestas respectivas, intervienen el resto de los personajes. Jacinto por medio de sus respuestas y comentarios intentará, con persistencia y sutilezas intelectuales, subvertir el Orden que allí existe, sobre todo insistiendo en la inmoralidad de una sentencia de carácter definitivo e infinito, y retrasar en lo posible la formulación del veredicto y posterior sentencia. En la actualidad está en proceso de edición la versión “definitiva” de Jacinto, fruto de la refundición corregida de las cuatro partes.

            En 1984 se publica La cava como cuarto suplemento de la nueva etapa de la revista Litoral. Se trata de un conjunto de poemas dividido en dos secciones: Zoon-politikon, compuesta por doce textos, y Sobre todo, el alba, dedicado a la memoria del poeta José María Hinojosa, asesinado al inicio de la guerra civil, formada a su vez por tres secuencias. El primer poema y el último tienen carácter dialógico, lo que redunda en su coherencia estructural. Los textos intermedios muestran al sujeto poético como un peregrino en pos del conocimiento de su más íntima naturaleza, la cava de su identidad personal. En el plano estilístico se produce una atenuación del extrañamiento del lenguaje, lo que Balcells (1989) denomina un retorno “hacia el más acá del hermetismo” tras la “catarsis de barroquismo extremo de Jacinto” (Balcells, 1995a: 78).

            Similar proceso de depuración verbal se produce en su siguiente libro, Numeraria, publicado en 1986. Un nuevo poema libro, de intención unitaria que centra su temática en los números, su simbología y sus vínculos con el mundo exterior: el color, los animales, las plantas, las sensaciones y los objetos, desde la concepción de raíz pitagórica de que en los números se halla la clave de cuanto existe. Numeraria presenta una estructura muy meditada: doce partes, de las cuales las dos primeras son introductorias y las diez que forman el cuerpo del libro, dedicadas cada una a un número, del Uno al Cero. En estos casos, como en Turpa y Las contracifras, se reafirma la voluntad arquitectónica del poeta, que dota de unidad sus libros mediante una composición sistemática y equilibrada. Nada surge impremeditadamente en la poesía ballesteriana; sus libros no son poemarios construidos por adición de textos inconexos. La más consciente intencionalidad creadora les da forma.

            En Testamenta (1992) culmina el proceso deconstructivo de la extrema opacidad de Jacinto y la clarificación significativa del lenguaje que habría de permitir una comprensión más nítida de los contenidos poéticos. Testamenta reitera la estructura de Numeraria: dos textos a modo de prolegómenos, agrupados bajo el título “Antecedenta”, y los diez que forman el núcleo del libro, bajo el rótulo “Testamenta”. El primer poema prologal es un diálogo entre “El que alienta” y “El que está al otro lado”, lo que sitúa el contexto poético en el quicio entre la vida y la muerte, posición en que se sitúa para dictar este testamento existencial el sujeto poético, más que nunca identificado con el autor por la abundancia de referencias autobiográficas. Cada uno de los diez poemas se refiere a uno de los bienes a donar —en algunos casos de carácter material (la cama, la pluma, los anillos de plata, el pantalón), en otros orgánico (el pie, la tos, el esperma), y en otros vivencial (“Lo que nunca dije”, “Lo que no fue necesario negar”, “Lo negro que está detrás de mí”)— los testigos del acto testamentario, y también los que han de heredarlos, sus seres queridos, los hijos con quienes dialoga, etc. Como en los libros anteriores, en el plano lingüístico de este se funden los registros popular y culto de la lengua en un lenguaje transformado, para ofrecer un relato de la experiencia personal y la construcción de una identidad propia en el ámbito de la relación con los otros.

            Los dominios de la emoción (2003) está compuesto por cuatro partes, “Indagación” , “De los que llevan el relámpago” , “Sobre las limitaciones de los cuerpos” y “Del desánimo y las sombras” , que su autor caracterizaba así en una entrevista de ese año:

La primera se centra en la propia indagación. La segunda explora la relación amorosa y las relaciones humanas. La tercera creo que tiene una preocupación muy directa por temas políticos, y la otra parte del libro y de mi poesía en general trata de constatar la muerte de seres queridos, el no existir, hasta qué punto hay un dolor inexplicable, cómo ese vacío entra en tu vida, cómo aunque sea un vacío lo llenas de sentido (Ballesteros, 2003).

Juan José Lanz (2015), por su parte, concluye que este libro puede entenderse como una “cartografía sentimental”, configurada mediante un proceso dialéctico y dialógico formado por la tensión entre discursos diferentes que ayudan a sintetizar una intimidad compartida entre el yo y los otros, en los que el sujeto poético se refleja y en relación con los cuales cuestiona la evidencia de su identidad íntima y esencial, nunca unívoca, sino poliédrica, nunca estática, en transformación continua. Lanz destaca que el proceso indagatorio que fundamenta todo el libro, en el que se integran la reflexión y la meditación de textos intermedios en prosa poética como De los poderosos y Fernando de Rojas acostado sobre su propia mano (1999 y 2002), se realiza plenamente en el lenguaje, auténtica dimensión de la cordialidad ballesteriana, con una radicalidad menor que en entregas anteriores; y que en esa definición del sujeto como discurso el lenguaje poético adopta rasgos característicos de la narratividad, como el diálogo, la descripción, la exposición, etc., lo que aporta novedad a su trayectoria de dicción poética: “discurso poético integrador de las distintas voces que habitan la escritura ballesteriana y avanzan el modelo que va a conformarse en Nadando por el fuego” (Lanz, 2015: 75).

Nadando por el fuego (2012) consta de treinta y nueve poemas que forman un conjunto cerrado con un universo significativo y formal homogéneo. Bien puede afirmarse que este último libro poético hasta el momento puede entenderse como un corolario perfectamente coherente de los que le han precedido a lo largo de medio siglo, pero no por reiteración, sino por actualización de temas y formas. Así lo interpreta Juan José Lanz (2015), como resumen y decantación, síntesis del universo poético ballesteriano, a medio camino entre la mirada elegíaca que se alcanza en la vejez y el fulgor de la utopía colectiva, entre el desencanto de la experiencia y el compromiso del humanismo solidario con la realidad de los seres humanos víctimas de la injusticia social.

            Desde el punto de vista del lenguaje poético, los recursos expresivos mantienen la tipología ballesteriana ya conocida: la escenografía dialogada que ofrece espacio para la confluencia de discursos, aquí el del yo poético y el de su doble, la presencia de estructuras sintagmáticas paralelísticas, la creación de léxico propio a partir de la deturpación de las categorías gramaticales y semánticas de la lengua estándar, el gusto por los arcaísmos u localismos, etc. El carácter reflexivo meditativo del libro no se cierne sobre cuestiones de índole filosófica, sino que —fiel producto de su tiempo— afloran en el decurso poético asuntos de la actualidad pública del momento de su escritura: la primera década del siglo XXI. Esa es la clave de una dimensión histórica innegable sobre la que Ballesteros aplica una inequívoca voluntad de denuncia y crítica de la sociedad española. Y por eso de estos poemas se eleva poderosa la reivindicación de un discurso laico y de un humanismo solidario comprometido, de la que Ballesteros no ha abdicado, pese a las amarguras de la acción política, siempre vulnerable a la traición, que es igualmente denunciada en el libro. Balcells destaca que este libro y el anterior “reflejan, desde la tensión lírica y dialógica consustanciales del autor, el equilibrio entre la sustancia biográfica, las reflexiones participadas y la exigencia literaria rigurosa”. (2016: IV).

            Cuando estas líneas se redactan está en prensa un volumen con el título Jardín de poco, que contendrá tres libros de poemas inéditos escritos por Rafael Ballesteros desde 2010: Contramesura, Almendro y caliza, Jardín de poco. lo que da muestra de la fecundidad de su trabajo literario, que habría que completar con su narrativa y su teatro, que quedan fuera de estas páginas por el carácter exclusivamente poético de esta base de datos.

Bibliografía

Obras poéticas de Rafael Ballesteros.

Libros

1969. Las contracifras. Barcelona: El Bardo.

1972. Turpa. Carboneras de Guadazaón: El toro de barro.

1983. Jacinto (Primera versión de la Primera Parte). Murcia: Godoy. Prólogo de Alfonso Guerra.

1984. La cava. Torremolinos: Litoral.

1985. Séptimas de Ammán. Málaga: Librería Anticuaria El Guadalhorce.

1986. Numeraria. Málaga: Diputación de Málaga.

1987. De Crísides a Jacinto (Epístola). Málaga: Librería Anticuaria El Guadalhorce.

1988. El pie. Málaga: Rafael Pérez Estrada.

1992. Testamenta. Madrid: Visor.

1995. Poesía (1969-1989). Málaga: Ayuntamiento de Málaga. Introducción de    José M.ª Balcells.

1997. Jacinto (Primera versión de la 2.ª parte). Huelva: Diputación Provincial de Huelva.

1998. Jacinto (Primera versión de la III parte). Granada. Diputación Provincial de Granada.

2002. Jacinto (Primera versión de la IV y última parte). Sevilla: Alfar.

2003. Los dominios de la emoción. Valencia: Pre-textos.

2012. Nadando por el fuego. La Bastide (Francia). Edición bilingüe no venal.     Traducción de Lucien Castelá.

2013. Contramansedumbre (Fernando de Rojas y el inquisidor. Poema para representar). Benalmádena. E.D.A.

2015. Poesía (1990-2010). Málaga. El toro celeste. Edición y estudio de Juan José Lanz.

En prensa. Jardín de poco (Contramesura, Almendro y caliza, Jardín de poco)

Plaquettes.

1966. Desde dentro y desde fuera. Iowa City: Corn Cob Press.

1967. Esta mano que alargo. Doce jóvenes poetas españoles. Barcelona: El Bardo.

1983. Del mundo, la mar. Málaga: Colección Jarazmín.

1984. El humo con la espuma. Málaga: Torre de las palomas.

1987. De Morte (De Crísides a Jacinto. Epístola). Málaga: Papeles de poesía.

1999. Fernando de Rojas acostado sobre su propia mano. Málaga: Rafael Inglada.

1999. De los poderosos. Málaga: Rafael Inglada.

2002. Fernando de Rojas acostado sobre su propia mano II. Málaga: Rafael Inglada.

Narrativa.

2003. La imparcialidad del viento. Málaga: Veramar.

2005. Huerto místico. Málaga: Centro Cultural Generación del 27.

2005. Amor de mar (Novela corta). Sevilla: Renacimiento.

2006. Cuentos americanos. Málaga: Ateneo de Málaga.

2006. Los últimos días de Thomas de Quincey. Barcelona: DVD.

2009. La muerte tiene la cara azul. Sevilla. RD Editores. Contiene las novelas El peligro de la libertad, Rencor de hiena, Verás el sol, La imparcialidad del viento y Miss Damiani.

Estudios sobre su obra.

Alcalá Malavé, Ángel (2016). “Rafael Ballesteros rompe el lenguaje para hallar sentido a la realidad”. Poéticas y pronunciamientos. Málaga: El Toro Celeste 107-147.

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Torres, Francisco Javier (2009). “Neovanguardia en Málaga. Las poéticas de los años 60 y 70”. Poéticas capitales. Benalmádena: E.D.A. Libros. 55-133.

Información adicional

  • Universidad UNED
  • Investigador Julio Fco. Neira Jiménez

  • +34 971 173 314 
  • Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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“POÉTICAS DEL 50: PROYECCIONES Y DIVERSIFICACIONES”

En su fase actual, el grupo POESCO se encuentra trabajando en el estudio histórico y filológico de la poesía española publicada a lo largo del período histórico de la Transición a la democracia, un período tan breve como intenso de nuestras letras, en el que tiene lugar uno de los momentos más fecundos de la poesía española reciente por lo que toca a la convivencia de diversas tendencias poéticas, pero también porque coexisten en el panorama literario cuatro generaciones distintas.

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