Juan Valencia (1928-1990)

La figura del poeta Juan Valencia probablemente sea una de las que menos atención crítica ha despertado entre aquellos que clasificamos por edad y fecha de publicación en el denominado Grupo del 50. En su Diccionario Bibliográfico de la poesía española del siglo XX (Sevilla, Renacimiento, 2003, pág. 303) Ángel Pariente menciona su nacimiento en Jerez de la Frontera en 1928, cita sólo tres de sus libros (Relox de primavera, 1947; Elegías terrestres, 1974; Bajo la luz interminable, 1986) y una sola referencia bibliográfica: el artículo en que Pablo García Baena testimonió su encuentro con él en la Córdoba de 1947 (“La noche pasajera”, en Los libros, los poetas, las celebraciones, el olvido, Madrid, Huerga y Fierro, 1995, págs. 161-164). Pero ni siquiera se consigna su fallecimiento, ocurrido en Málaga en 1990.

            El poeta de Cántico había publicado ya ese artículo con el título “Elegía terrestre” en ABC (5 agosto 1990, pág. 47) y antes en el monográfico que el suplemento cultural del malagueño diario Sur (30 junio 1990) dedicó al jerezano a su muerte; en el que también colaboraron con textos elegíacos Francisco Ruiz Noguera, Juan Manuel Cabezas, Antonio Soler y Juan Campos Reina. Antes sólo hemos documentado las reseñas que hicieron Antonio Romero Márquez (“30 nuevos poemas, de Juan Valencia”, Sur, Cultural, 6 septiembre 1986) y Héctor Márquez (“Juan Valencia, el oficio de un poeta atrapado por la luminosidad de Málaga”, Diario 16, 2 febrero 1990) al aparecer sus libros 30 nuevos poemas y La senda sin retorno. Desde entonces sólo Francisco Ruiz Noguera (“Diez miradas sobre Juan Valencia”, Campo de Agramante, 3, 2003, págs. 61-69) y Antonio Gómez Yebra (“Introducción” a edición de Juan Valencia, Cinco libros inéditos, Diputación de Málaga, 2013, págs. 11-31) se han aproximado a la trayectoria de un poeta que, aunque sólo fuera por los volúmenes citados, escribió una obra merecedora de mucha mayor atención crítica.

            Hijo de un comerciante en vinos, Juan Valencia dio sus primeros pasos poéticos en el Jerez de los años cuarenta junto a José Manuel Caballero Bonald, su primo Rafael Caballero y otros jóvenes letraheridos, como Vicente Fernández Bobadilla y Antonio Milla, que formaban un “frente iconoclasta” y desvergonzado, propicios a la provocación de sus biempensantes paisanos, según cuenta en sus memorias Caballero Bonald, aunque no desdeñaran la búsqueda de flores naturales en certámenes poéticos provincianos, siempre tentadora opción en una sociedad de penurias como aquella.

            En 1947 la generosidad del padre hizo posible la publicación de su primer libro en la imprenta Gráficas del Sur de Sevilla, al cuidado del chileno Fernando Bruner Prieto, experto en bibliofilia de lujo, que dotó a la edición desde el título, Relox de primavera, al colofón, fechado el 26 de octubre, de una estética arcaizante concorde con la nostalgia imperial del régimen franquista, pero muy disonante con la que debía tener la ópera prima de un joven poeta que pretendía presentarse como una voz renovadora en el panorama poético del momento. Gestionó Bruner también una introducción de José María Pemán ¾padrino indiscutible de la poesía gaditana¾ , que bajo el título “Exordio” presenta al poeta novel como “voz típica y expresiva de la última y novísima generación: de la que alguien llamó “la generación de los hermanos menores”. Los hermanos mayores formaron la generación de la guerra [...] voz limpia y auténtica de una generación con hambre de autenticidad y de metafísica” (págs. 10-14). En la distinción entre poetas que buscan la Belleza y poetas que buscan la Verdad, según Pemán, Valencia estaría entre estos, siguiendo la trayectoria de Rosales, Panero y Vivanco, en línea con José María Valverde en la clave de solución a la angustia religiosa, mediante una poesía entendida como “una forma superior de conocimiento”  (pág. 12).

            En realidad, como casi toda primera obra, el libro es un conjunto heterogéneo de poemas seleccionado por Valencia con ayuda de Caballero Bonald entre los que había escrito hasta entonces, ordenados según su forma estrófica: sonetos, canciones, romances y otras rimas, según costumbre propia de la edición en el siglo de oro. Hallamos sonetos religiosos de corte clásico, que reflejan arrepentimiento por un periodo de descreimiento anterior y una vuelta a la fe cristiana; sonetos amorosos (lamento del sufrimiento del amor, tópicos del amante dolorido, juegos de contrarios, etc.); uno elegiaco “A un poeta muerto”; varios circunstanciales (“A Córdoba”, “A los cipreses de la Cartuja”, “¡Oh Cartuja!”, a Cervantes y el Quijote ¾en 1947 se celebraba el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes¾, a Garcilaso). Hay canciones de corte tradicional, villancicos, de romería, nanas, albadas, etc., en octosílabos y rima en pares, tanto asonante como consonante, con influencia del neo-popularismo de Rafael Alberti. La tercera sección, “Soledad con Dios”, contiene cuartetos no siempre rimados donde se busca un significado a la vida en Dios por medio de la oración poética. Los romances (Al Cristo de la Expiración o de los Gitanos, “Llamarada de San Telmo”; “Romance de madrugada”) tienen ambientación lorquiana y funeral. Otros poemas ofrecen una temática triste o luctuosa de clara impronta tardoromántica o modernista (“Antiguo abril”, “Elegía al amigo muerto”, “Muerto”, “El enfermo”; “Tu rosa”, “Rubeniana”, homenaje a Darío, etc.).

            Aunque Pemán quisiera encontrar acentos muy novedosos en los poemas de Relox de primavera, la realidad es que Juan Valencia se inserta en una línea de poesía religiosa que seguía ¾otra cosa sería impensable bajo el nacionalcatolicismo¾ una ortodoxia lírica bien conocida ya en José Antonio Muñoz Rojas, referente que señala Caballero Bonald en la reseña que publicó sobre el libro en el diario local. Pero en estos poemas se manifiesta ya una angustia existencial auténtica que no hallará consuelo ni respuesta en un Ser Superior y reaparecerá sin falta en el resto de sus libros, constituyéndose en nota distintiva de su poesía.

            A partir de la aparición de Relox de primavera, y tras su encuentro con Pablo García Baena paseando por Córdoba, origen de su amistad, Juan Valencia colabora en Cántico y otras revistas de la geografía lírica, aunque pronto se apartará del ambiente poético y no publicará ningún nuevo libro hasta más de un cuarto de siglo después.

            Entre 1948 y 1953 estudió Filología en las Universidades de Salamanca, Valladolid y Sevilla, donde conoció a Margarita Fórmica, hermana de la escritora Mercedes Fórmica, mujer casada algo mayor que él con quien inició una relación que duraría toda la vida. A mediados de la década de los cincuenta se instalaron en Málaga, donde él se dedicó tres años a la enseñanza en el colegio de los agustinos. Sus frecuentes depresiones le obligaron a abandonar la docencia y el matrimonio se mudó al cercano municipio de Pizarra, en el feraz Valle del Guadalhorce, donde compró una finca gracias a un premio de la lotería y se dedicó a la agricultura, emulando el ideal horaciano. En esos años conoce a los poetas del grupo malagueño Caracola: José Luis Estrada Segalerva, Bernabé Fernández-Canivell, Alfonso Canales, Vicente Núñez, Rafael León, María Victoria Atencia, que le acogen con afecto y alientan su vínculo con la creación poética, de la que se hallaba alejado.

            En 1959 León y Atencia le publican en su colección no venal Cuadernos de poesía el pliego La noche gira hacia su fin, con un dibujo de Enrique Brickman, en la histórica Imprenta Dardo. La escritura poética ha madurado mucho en esos doce años de silencio editorial. Se trata de un poema en cuatro partes que canta al amanecer de un nuevo día, el triunfo de la luz sobre las sombras, la plenitud de la Naturaleza y la sobrecogedora contemplación del cielo. Pero en él aparece también la angustia existencial que ya no abandonará nunca al poeta. Cinco años después en noviembre de 1964 publica en Cuadernos Hispanoamericanos el poema Mas, entre las ruinas del cielo, donde se interroga sin cesar por el sentido de una existencia sometida al azar, excluida cualquier concepción religiosa. Esos dos poemas se integrarán mucho más tarde en Elegías terrestres (1973), publicado en la prestigiosa colección Adonáis, junto a otros cuatro, compuestos todos en la estrofa silva libre impar, que le permite una gran versatilidad. Las nuevas elegías mantienen la interrogación retórica como método de indagación y un tono de exaltación de la vivencia cósmica: el existencialismo se resuelve en un panteísmo primordial. Desaparecidos los dioses y la vida en comunión con la Naturaleza de la Edad de Oro, el hombre ha sido arrastrado al vacío existencial que simbolizan las sombras de la noche. El despertar del día y la llegada de la primavera vuelve a llenar al hombre de sentido y le conduce a la plenitud del mediodía y el verano exultante.

            Se trata, como se ve, de una obra de gran originalidad en el panorama de la poesía española de esos años. Ni los problemas colectivos, ni las denuncias sociales o las reivindicaciones cívicas, ni luego las estrategias culturalistas propias de esas décadas aparecen entre sus preocupaciones poéticas. Solo la decisiva obsesión por el sentido de la vida y las razones últimas de la existencia humana afloran a sus poemas. Las dolencias físicas y psicológicas que sufría Juan Valencia le obligaron a abandonar pronto la empresa agrícola y el matrimonio hubo de volver a la ciudad. Otro premio de la lotería le permitió comprar un piso en las llamada Casas de Cantó, en La Malagueta, junto al mar, donde llevará una vida tranquila, contemplativa y reflexiva, en un escenario dominado por el litoral, los montes y el sol, entre los que pasea generalmente en soledad. Luego la ayuda dosificada de su cuñada Mercedes les permitió llevar una vida muy discreta sin trabajar más. Allí serán sus vecinos primero Dámaso Alonso, luego Jorge Guillén, siempre Rafael Pérez Estrada. Pero permanecerá voluntariamente alejado de grupos, modas y tácticas poéticas. La poesía fue para él mucho más que vida literaria: una forma de comprender la finalidad del ser.

            En los años siguientes irían apareciendo con cierta regularidad nuevos libros suyos, aunque siempre en colecciones de problemática distribución, razón por la que obtuvo una recepción crítica muy inferior a la que merecían. En 1977 Ángel Caffarena le publica Sonetos estelares, escritos en 1962, correlato nocturno de la poética de lo diurno que dominaba sus Elegías terrestres. Estos sonetos manifiestan “un tono existencial y meditativo: una concepción de la vida como nada, lo que lleva a ver la muerte como liberación” (Ruiz Noguera, 2003: 66). Este ciclo de la Naturaleza continúa en los poemas de Canto de sazón (1984), escritos entre 1975 y 1978, donde el sentido de la vida parece finalmente comprendido en la fusión del hombre con su entorno, manifiesta en una expresión pletórica de panteísmo.

            Esa plenitud diurna de la existencia en comunión con las cosas (en la que resuenan ecos del primer Cántico de Guillén) se prolonga en los poemas escritos entre 1981 y 1984, incluidos en los libros 30 nuevos poemas y Bajo la luz interminable, ambos de 1986. No obstante, las últimas entregas publicadas en vida, 5 poemas inéditos (1988) y La senda sin retorno (1989), que reúne textos escritos en 1985, suponen un giro radical a su poesía, a buen seguro correspondiente a la realidad de su vida, dominada por la soledad y el desengaño, amenazada ya seriamente por la enfermedad. Sus poemas adquieren un tono sombrío y desolado, donde habita la premonición de un final no lejano, que no será  más que el anonadamiento: “dulce el morir y aún más dulce / y acogedora te parece / la Nada que final nos espera [...] Mas en verdad, la Nada / sólo hoy puede servirte de consuelo. / cuando en supervivencia ya no crees / ni menos aún deseas” (“Ahora que en el seno”).

            Ese desesperanzado final se produjo en la primavera de 1990. Días después de una caída sin demasiada importancia sufrió una parada cardiaca irreversible. Dejaba el poeta seis libros inéditos, de los cuales cinco  tardarían casi un cuarto de siglo en ver la luz: Versos de un solitario (1986-87), Cantos a la noche (1987), Palabra en el tiempo (1988), Poemas finales (1989-90) y Júbilos (1990), editados en 2013 por Antonio Gómez Yebra. El sexto, Nuevos sonetos, fechado en 1988 se compone de veintisiete textos distribuidos en tres secciones. Permanece aún inédito. Esta abundancia demuestra que en la década de los 80 su voluntario retiro personal, sólo esporádicamente roto por el afecto de jóvenes escritores malagueños (Antonio Soler, Juan Manuel Villalba, Juan Manuel Cabezas, Francisco Ruiz Noguera) se había traducido en una fructífera creación.

            En estos libros finales ¾todos ellos dedicados a Margarita¾, en los que Gómez Yebra distingue ecos de Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Pedro Salinas, Hölderlin, Rilke y sobre todo Jorge Guillén, se repiten los temas nucleares de su obra y la oscilación emocional propia de su dolencia nerviosa crónica. Tal vez a ello se deba el tono celebratorio que en Júbilos cierra su obra en 1990. Buena muestra es el poema “Abres los párpados” , homenaje declarado a Jorge Guillén: “Abres los párpados / como dormidos pétalos / y ya negar no puedes / la luz, la maravilla / que te circunda [...] Que si firme, sereno, / a las de hoy te añades, / a su correr te unes, / cada minuto tuyo / hallarás plenamente / realizado, exaltado.”. Pareciera que en sus meses finales hubiese alcanzado la serenidad interior que toda su vida había perseguido a través de la poesía, de ese canto que era “lo único ya por lo que vivo, / lo que aún me sustenta, / lo que cobija mis pesares, abriga el desaliento, / aunque un día para siempre / calle en la tierra en flor” (“Canto mío, mi centro”).

            La poesía de Juan Valencia es heredera de la mejor tradición clásica española, la de dicción nítida y profundo significado, la que responde a necesidades expresivas de un espíritu inconformista, acuciado por la angustia existencial, que busca el sentido último de la vida. Es fruto de una escritura intensa y auténtica, que trasciende las tendencias estéticas y las banderías características en la poesía española de esos años. Merece una atención que hasta ahora le ha sido escatimada, porque su ignorancia de las modas es la mejor garantía de su perdurabilidad.

Bibliografía de Juan Valencia

(1947). Relox de primavera. Exordio de José Mª Pemán. Sevilla: Imprenta de Joaquín          Sáenz.

(1959).  La noche gira hacia su fin. Dibujo de Enrique Brickman. Málaga: Imprenta            Dardo, Cuadernos de poesía (Mª Victoria Atencia y Rafael León), 7 p.

(1964).  Mas, entre las ruinas del cielo. Separata de Cuadernos Hispanoamericanos 179,   4 p.

(1974). Elegías terrestres. Madrid: Rialp, Col. Adonáis, 308.

(1977). Sonetos estelares. Ed. de Ángel Caffarena. Málaga: Librería Anticuaria El    Guadalhorce, 51 p.

(1980). Destino completo. Málaga: Dardo, Torre de las palomas, 6. (Pliego)

(1984). Canto de sazón, Jerez, Diputación provincial de Cádiz, Colección Arenal, 9.

(1986).  Bajo la luz interminable, Málaga, CEDMA, Col. Puerta del Mar 27.

(1986).  30 nuevos poemas: Córdoba: Ayuntamiento.

(1988).  5 poemas inéditos. Ed. de Ángel Caffarena. Málaga: Librería Anticuaria El Guadalhorce, 12 p.

(1989). La senda sin retorno. Madrid: Endymión.

(1990). 7 poemas. Homenaje póstumo a Juan Valencia. Málaga: Ateneo, 16 p.

(1996).  Cinco poemas. Nota de Antonio Soler. El Laberinto de Zinc 1 (Málaga): 5-8.

(2013). Cinco libros inéditos. Introducción de Antonio García Yebra. Málaga: Diputación. Col. Puerta del Mar, 126. Contiene los poemarios Versos de un solitario (1986-87), Cantos a la noche (1987), Palabra en el tiempo (1988), Poemas finales (1989-90) y Júbilos (1990).

Bibliografía sobre Juan Valencia

Bujalance, Pablo (2013). “Genio y figura de Juan Valencia”, Málaga Hoy, 14 noviembre.

Caballero Bonald, José Manuel (1948). “Pulso del “Relox de primavera”, de Juan Valencia”, Ayer, Jerez de la Frontera, 7 febrero.

_____ (1995). Tiempo de guerras perdidas. Barcelona: Anagrama. 109-121.

Cabezas, Juan Manuel (1990).  “Fragmentos de un diario”, Sur Cultural, 252, 30 junio: II.

Campos Reina, Juan (1990).  “Más allá del recuerdo”,  Sur Cultural, 252, 30 junio: III.

García Baena, Pablo (1990). “Elegía terrestre”, ABC, 5 agosto: 47. Incluido como “La noche pasajera” en Los libros, los poetas, las celebraciones, el olvido. Madrid: Huerga y Fierro. 61-164.

Gómez Yebra, Antonio (2013).  “Introducción” a Juan Valencia, Cinco libros inéditos. Málaga: Diputación. 11-31.

Márquez, Héctor (1990). “Juan Valencia, el oficio de un poeta atrapado por la luminosidad de Málaga”, Diario 16, 2 febrero.

Romero Márquez, Antonio (1986). “30 nuevos poemas de Juan Valencia”, Sur Cultural, 6 septiembre.

Ruiz Noguera, Francisco (1990). “Jun Valencia”, Sur Cultural, 252, 30 junio: II.

_____ (2003). “Diez miradas sobre Juan Valencia”, Campo de Agramante 3: 61-69.

Soler, Antonio (1990). “La hora de Juan”, Sur Cultural, 252, 30 junio: III.

Información adicional

  • Universidad: UNED
  • Investigador: Julio Fco. Neira Jiménez
  • Publicación: Miércoles, 06 Abril 2016

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