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Joaquín Márquez (Sevilla, 1934)

La trayectoria de Joaquín Márquez (Sevilla, 1934) ha dado de sí una treintena de poemarios y cuatro novelas, por los que ha recibido numerosos premios y reconocimientos, que se detallan en la bibliografía final. Para tener un contacto general con esta trayectoria y con sus versos pueden leerse dos antologías distanciadas en el tiempo: De tanto amor eterno (Antología 1973-1990) (1992), publicada por Renacimiento, y Trasmallo (Selección de poemas 1974-2002) (2016), publicada por Devenir con prólogo de Manuel Mantero.

            Por un lado, tanto de la lectura de su obra como del cotejo de sus propias declaraciones en entrevistas se saca en claro que su poética tiene una raíz romántica en la medida en que su poesía nace de una voz interior. Márquez excluye todo racionalismo en la elaboración de unos poemas que no se someten a formalismos y que emergen de un impulso íntimo para dar salida a un sentimiento inefable. El poeta procede por una suerte de inspiración, de dictamen que escapa a los usos y restricciones de la razón, que le hace saber cuándo tiene que escribir. En suma, nos encontramos ante una poética de la intimidad que alcanza su trascendentalismo en el valor universal que adquiere lo personal mediante la poetización de sus experiencias.

            Por otro lado, Márquez asume la creación poética como un acto autónomo de conocimiento tanto de su intimidad como de la realidad circundante. La poesía le capacita para adentrarse en la individualidad del sujeto que escribe —esto es, para asimilar sus experiencias biográficas y su propia interioridad— y para interpretar los vaivenes del mundo externo —esto es, la cotidianeidad, la condición humana y los sentimientos de la colectividad—. Justamente, algunas de las señas de identidad de su escritura, de las que hablaré a continuación, se arraigan en esta concepción cognoscitiva de la poesía.

En realidad, su escritura traza la biografía poética de su intimidad mediante un discurso de raíz existencial que abarca desde lo celebratorio hasta lo elegíaco. En el momento de escribir tiende a partir de experiencias que anuncian el goce de vivir, de ahí que podamos hablar de la presencia de un vitalismo de corte hedonista en sus versos. Tal modo de proceder deviene en que el sujeto poético que protagoniza sus poemas ¾claro alter ego del autor¾ se siente vivo y transmite el disfrute que le causa el placer de los viajes, los cuerpos, los vinos, las artes, los amigos, etc.

            Como fruto de tal actitud hedonista surge una poesía muy sensitiva, en la que importan mucho los matices de la vida cotidiana transmitidos a través de olores, sabores, colores, sonidos, percepciones, impresiones, etc. De modo que Joaquín Márquez compone una poesía de la experiencia basada en la toma de conciencia de la plenitud existencial que generan los pequeños detalles de la cotidianeidad. El amor ocupa un lugar prominente, en extensión e intensidad, en esta poesía del disfrute y lo sensitivo. Por ejemplo, Substancia fugitiva (1984) conforma uno de sus libros donde la poetización del sentimiento amoroso alcanza uno de sus mayores logros. Asimismo, en este ámbito no faltan poemas carnales, en los que el sentimiento amoroso puede aparecer o puede ausentarse. El poeta menciona la belleza del cuerpo desnudo femenino y en ocasiones aporta alguna nota sexual que transmite sensualidad, erotismo y carnalidad, para dar cuenta del disfrute de la vida.

Otra fuente de placer y, por tanto, de materia poética procede del arte. Los grandes nombres de la historia del arte y de la cultura, las obras literarias, la música, las pinturas, la ciencia, la fotografía, el baile, etc., pueblan sus poemas. Esto resulta muy evidente al repasar algunos de sus libros y, con todo, nunca se percibe un afán culturalista porque no hay referencias apabullantes que busquen sensación de intelectualidad o exotismo. El arte y la cultura sirven bien para enmarcar el goce de una anécdota bien para generar una emoción en el sujeto poético y, a la postre, en el lector. Hay, pues, un culturalismo escogido y sutil tamizado por lo vital y lo sensorial, una evocación personal de los referentes culturales de nuestro patrimonio común. Esto se aprecia en muchos de sus libros y especialmente en Pira de incienso (2012), donde homenajea a escritores y artistas dedicándoles poemas, citándolos en sus versos o haciéndoles figurar como personajes de sus textos poéticos. En realidad, Joaquín Márquez viene a humanizar los referentes culturales.

            Si la historia de la cultura se hace vida en su poesía, como en La aguja sobre la piedra (1982), un poemario sobre la Catedral de Sevilla, el placer se puede convertir en lamento y dolor cuando ese legado, que tan dentro se lleva, desaparece o se destruye. Así lo constata en el poemario titulado Bajo las cúpulas doradas (2004), un libro surgido de la indignación que le causa la guerra de Irak. Entonces, su actitud vital pasa del hedonismo al escepticismo y levanta su voz contra la injusticia, la violencia, la arrogancia y la brutalidad humana.

            Por esos principios éticos y por su nacimiento en 1934 Joaquín Márquez ha recreado escenas de la Guerra Civil y estampas de la posguerra en muchos poemas en los que no faltan la reconstrucción del ambiente social y moral así como la denuncia de las miserias materiales y espirituales, pero siempre entreverados con las experiencias personales ligadas a la familia, el colegio, la playa, los juegos, etc.

            En el fondo y por muy en clave hedonista que se haga, contar la existencia supone la recreación de lo vivido y ya ido. De ahí que solo exista un paso entre un tono vitalista y un tono elegíaco. Toda la poesía de Joaquín Márquez, como la de tantos poetas, gira en torno al tiempo. Los mismos títulos de sus libros evidencian el afán por captar la temporalidad, como por ejemplo Hay tiempo de nacer (1973), su primer poemario, Los días infinitos (2011) o Pasos en la memoria (1974), cuyas partes internas llevan por título: «Pasos en la memoria», «Caminos de ayer», «Caminos de mañana», «El tiempo donde fuimos».

            En este sentido de recuperación del pasado cobra una significación especial los numerosos poemas centrados en su infancia y adolescencia. Desde la madurez el poeta busca los fundamentos emocionales de su presente, aunque la lejanía temporal tiende a dificultar, desdibujar o idealizar aquel tiempo. Esa indagación en este pasado que entonces era porvenir le supone la rememoración de personas queridas ya muertas, la sublimación de la figura de la madre, la evocación de los paisajes y los escenarios de la niñez, la añoranza de los amores juveniles, etc. Se trata de un tono elegíaco y entrañable con un alto grado de emotividad bien representado en poemarios como Plantaciones de lúpulo (1989), Álbum de seres perdidos (2002) y, sobre todo, Libro de familia (1997), donde el poeta dialoga con su pasado más íntimo a partir de la rememoración de hechos y situaciones familiares cotidianas que, recuperadas desde la atalaya de los sesenta años del poeta, se cargan de emoción y ternura. Aquí habría que imbricar también La casa navegable (1974).

            De otra parte, el vitalismo se torna en nostalgia cuando lo contado se presenta como gozado en un pasado pero irrecuperable en el presente. Ocurre de forma notoria con los poemas que tratan de una experiencia amorosa en los que el escritor se entrega a los tópicos literarios del tiempo con el tempus fugit entre los primeros. El poemario Substancia fugitiva (1984) ejemplifica con claridad la sensación agridulce del disfrute amoroso convertido en materia de recuerdo.

            Esa memoria de las experiencias amorosas va quedando tan remota que termina por desvanecerse. Parece como si lo vivido quedase Dibujado en la nieve (2006), por aludir a la imagen del título de uno de sus poemarios, y que el tiempo lo desdibujase como desaparece la nieve al derretirse. Entonces, cuando los detalles y los perfiles de lo vivido van borrándose, entramos en un campo de la poesía de Joaquín Márquez en el que lo onírico y lo soñado dominan incluso por encima del olvido. Ya no sabemos si lo contado responde a una experiencia real, a un deseo no consumado, a una ilusión quimérica o a un proceso de olvido. Al leer sus libros, parece que el recurso al sueño tenga su razón de ser en la búsqueda de un mecanismo para equilibrar la satisfacción que nace del hedonismo como principio vital y la pesadumbre que otorga el recuerdo de lo irrecuperable. Entender poéticamente que todo existe en las lindes del sueño es un modo de asumir la realidad presente y dejar que el recuerdo termine siendo materia de olvido.

En paralelo a esto conviene reparar en que Joaquín Márquez se entrega en repetidas ocasiones a un discurso distanciado e irónico con respecto a su poesía y a los temas más solemnes: su trayectoria vital, los pilares de su identidad, los amores, los héroes del pasado español, los escritores, las artes, la misma catedral de Sevilla, los mitos, la religión, Dios, etc. Nada, ni la imagen del propio poeta, escapa al tono burlón de muchos poemas. En esta línea podemos afirmar que el recurso tan constante al humor y la mofa persigue un equilibrio en las emociones que la poetización de realidades de signo dramático y tono elegíaco deja en el lector. Igualmente constituye un modo de asumir la relatividad de las cosas, de rebajar el dramatismo de la existencia.

Trabajar literariamente el humor supone un ejercicio más de creatividad poética a la par que comulga con la cosmovisión del autor y su modo de estar en el mundo. El hombre Joaquín Márquez se ríe de todo y de todos, incluido él mismo con sus logros y derrotas personales. En sus libros lo mismo advertimos unos versos de propósito agresivo para denunciar las injusticias y el absurdo del mundo que unos versos de alcance festivo y agudo para captar situaciones ridículas y banales. Al escribir, a veces echa mano de la sátira y el sarcasmo, por ejemplo para acometer a los perversos de la historia o del presente; a veces se repliega a la ironía, por ejemplo para dirigirse a Dios; a veces se da a la parodia, por ejemplo cuando suelta una retahíla con las reliquias de santos de la catedral de Sevilla; a veces se reviste de picardía, por ejemplo en muchos de los poemas de trasunto erótico, etc.

Aunque no faltan en su producción, el escritor no tiende a componer poemas humorísticos de cabo a rabo, sino más bien poemas en los que se entreveran la seriedad y el humor en sus distintas vertientes: la gracia, la parodia, la ironía, la sátira, el sarcasmo, etc. De hecho, se aprecia una tendencia a estructurar los poemas con un arranque grave en apariencia seguido de un final que inesperadamente gira a lo cómico. Se trata de un apunte sutil e ingenioso que da un sentido remozado al texto y que, en consecuencia, obliga a releer el poema desde el comienzo en otra clave. Si bien este proceder se atisba en toda su trayectoria, se constata de modo más reiterado y consciente en Álbum de seres perdidos (2002). Es la conducta vitalista, estoica e irónica con que Joaquín Márquez afronta la biografía poética de su intimidad.

Obra poética de Joaquín Márquez

(1973). Hay tiempo de nacer, Sevilla, Editorial Católica Española.

(1974). Los pies de las estrellas, Sevilla, Aldebarán. Premio Aldebarán.

(1974). La casa navegable, Sevilla, Editorial Católica Española. Premio Ciudad de Barcelona.

(1974). El tren desnudo, Salamanca, Álamo. Premio Álamo.

(1977). Pasos en la memoria, Gandía, Ayuntamiento. Premio Ausias March.

(1978). Albergue para noctámbulos, Sevilla, Editorial Católica Española. Accésit Premio Ángaro.

(1978). Etiqueta para pieles humanas, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, Col. Leopoldo Panero.

(1978). Solo de caracola para un amor lejano, Barcelona, Barcelona, Instituto Catalán de Cooperación Iberoamericana. Premio Boscán.

(1978). La lluvia traducida, Madrid, Col. Dulcinea. Premio Ricardo Molina.

(1982). La aguja sobre la piedra, Madrid, Rialp, Col. Adonais, 1982. Premio Pérez Embid.

(1983). Todo mortal, Rota (Cádiz), Fundación Alcalde Zoilo Ruiz-Mateos. Premio Villa de Rota.

(1984). Substancia fugitiva, Madrid, Endymion. Premio Miguel Hernández.

(1985). Cristal de Bohemia, Soria, Diputación Provincial. Premio Leonor.

(1985). Fe de erratas, Burlada (Navarra), Caja de Ahorros Municipal de Pamplona. Premio Arga.

(1989). Plantaciones de lúpulo, Majadahonda (Madrid), Ayuntamiento. Premio Blas de Otero.

(1994). Clave de espumas, Madrid, ONCE. Premio Tiflos.

(1992). De tanto amor eterno (Antología, 1973-1990), Sevilla, Renacimiento.

(1997). Libro de familia, Madrid, Endymion. Premio Feria del Libro de Madrid.

(2001). Por selva oscura, Madrid, Endymion. Premio Aljabibe.

(2002). Álbum de seres perdidos, Soria, Diputación Provincial. Premio Leonor.

(2005). Puente de los suspiros, Talavera de la Reina, Ayuntamiento. Premio Rafael Morales.

(2006). Dibujado en la nieve, Madrid, Algaida. Premio Ciudad de Badajoz.

(2006). Fábulas peregrinas, San Sebastián de los Reyes (Madrid), Ayuntamiento – Universidad Popular José Hierro. Premio José Hierro.

(2011). Los días infinitos. Madrid, Fugger Poesía – Sial Ediciones. Premio Juan Van Hallen.

(2011). Vestigios del paraíso, Sevilla, Ángaro & Ayuntamiento de Sevilla. Premio Ángaro.

(2012). Pira de incienso, Madrid, Los Versos de Cordelia. Premio Eladio Cabañero.

(2016). Trasmallo (Selección de poemas 1974-2012), Madrid, Devenir.

(2017). La vida a contraluz, Berriozar (Navarra), Cénlit. Premio Ciudad de Pamplona.

Obra novelística de Joaquín Márquez

(1984). Reconstrucción de la niebla, Madrid, Hiperión. Premio Antonio Camuñas.

(1987). El jinete del caballo de copas, Madrid, Espasa-Calpe. Premio Andalucía.

(1990). De un gorro color limón, Albacete, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Premio Castilla-La Mancha.

(1999). La música de don Juan, Madrid, Algaida. Finalista Premio Ateneo de Sevilla.

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Información adicional

  • Universidad: Cádiz
  • Investigador: José Jurado Morales
  • Publicación: Lunes, 17 Junio 2019

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